El rojo cuando de vehemencia se trata. Para abrir el corazón, para estallarlo con el ímpetu del amor. Por eso es un vuelo a fuerza de la sangre, de esa que recorre no solo el cuerpo sino el espíritu, que da calor y que en torbellinos recorre cada rincón de él volviéndolo incandescente, de fulgor irrepetible, inmortal.
Y el azul. Para volar en las palabras dichas o trazadas; en las miradas obsequiadas o recibidas; en los silencios que se tornan prodigiosos pues en su melodía expresan una y mil cosas a mi ser. Azul de todo lo aprehendido en el camino, de lo atesorado en el andar junto a otros y de los afectos germinados. Es azul para volar también con la música que me abraza y me dibuja una sonrisa en el rostro.
De todos los colores a la vez o de a uno, pero siempre en vuelo... Y así es como me los aseguro.
















